El árbol del conocimiento era el de la razón. Por eso es que probarlo nos alejó del Paraíso. Ese fruto debía secarse y molerse en un polvo fino para usarlo de a una pizca, como un condimento. Es probable que Dios planeara contarnos luego de este nuevo placer. Nos llenamos la boca, atragantándonos de pero , de cómo , y si … y de nuevo pero , sin saber lo que hacíamos. En grandes cantidades es tóxico; el humo se arremolinaba sobre nuestras cabezas y a nuestro alrededor, hasta hacer una densa niebla parecida al acero como un muro entre nosotros y Dios, que era el Paraíso. Y no es que Dios no fuera razonable, pero la razón en exceso era tiranía y nos encerró dentro de sus propios límites, una celda pulida donde se reflejaban nuestros rostros. Dios vive al otro lado de ese espejo, pero a través de la abertura donde la reja no toca el suelo, logra filtrarse como luz, astillas de fuego, una melodia que se oye se pierde y se vuelve a o...