El árbol del conocimiento
era el de la razón.
Por eso es que probarlo
nos alejó del Paraíso. Ese fruto debía secarse
y molerse en un polvo fino
para usarlo de a una pizca, como un condimento.
Es probable que Dios planeara contarnos luego
de este nuevo placer.
Nos llenamos la boca,
atragantándonos de pero, de cómo, y si…
y de nuevo pero, sin saber lo que hacíamos.
En grandes cantidades es tóxico;
el humo se arremolinaba sobre nuestras cabezas
y a nuestro alrededor,
hasta hacer una densa niebla
parecida al acero
como un muro entre nosotros y Dios,
que era el Paraíso.
Y no es que Dios no fuera razonable,
pero la razón en exceso era tiranía
y nos encerró dentro de sus propios límites,
una celda pulida
donde se reflejaban nuestros rostros.
Dios vive al otro lado de ese espejo,
pero a través de la abertura donde la reja
no toca el suelo, logra
filtrarse como luz,
astillas de fuego, una melodia que se oye
se pierde y se vuelve a oír
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