Si ni el bronce, ni la piedra, ni la tierra, ni el mar infinito
pueden contra el poder de la triste muerte,
¿Cómo podrá entonces la belleza defenderse de su rabia
con apenas la fuerza de una flor?
O ¿Cómo podrá la dulce brisa del verano resistir
el asedio de los días
si hasta las rocas se hacen polvo y no hay puerta de acero
que sobreviva a la decadencia del tiempo?
¡Dolorosa reflexión! ¿Dónde, entonces,
esconder la mejor joya del tiempo para que no sufra sus estragos?,
¿Qué poderosa mano podrá detener sus ágiles pasos
o impedirá que la belleza se deshaga?
Ninguna, a no ser que por milagro
perdure mi amor en esta tinta negra.
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