Hará unos doce años, en medio de una de esas conversaciones que pasan del asma de Proust al tamaño de las barras de chocolate en estos tiempos decadentes, Stan Brakhage, el más vanguardista de los cineastas, me preguntó si sabía algo sobre el perro de Pergolesi.
Nada, respondí con seguridad, y agregué que ni siquiera sabía que hubiera tenido uno. ¿Qué había que saber sobre el perro de Pergolesi? Ahí, replicó, está el misterio. Justo antes de esta conversación, Brakhage había estado rodando una película bajo la dirección de Joseph Cornell, el excéntrico artista que disponía objetos seleccionados en cajas con marcos poco profundos para crear un tipo de arte norteamericano de verdad cautivante, en parte surrealista, en parte casero. Vivió casi toda su vida adulta como un recluso en la calle Utopia Parkway en Flushing, Nueva York, hurgando en cajas llenas de recortes y baratijas para encontrar la combinación mágica de cosas —un loro de celuloide del supermercado Woolworth’s, un mapa de estrellas, una pipa de arcilla, un sello griego— para colocar en una caja de sombras.
También hacía collages y lo que podría llamarse esculturas, como muñecas sobre un lecho de ramitas; y películas. Para las películas necesitaba un camarógrafo: por eso Brakhage estaba en Utopia Parkway. Se llevaban de maravilla, dos genios inventando una poesía visual extraña (trabajos de madera victorianos, luces de ventilador decorativas, habitaciones sombrías con ventanas melancólicas). Brakhage estaba fascinado por el tímido y erudito Cornell, entregado a pasatiempos que iban desde reunir extensos expedientes sobre bailarinas francesas del siglo pasado, estudiar las enseñanzas de Mary Baker Eddy, hasta coleccionar cachivaches de todas las épocas y continentes.
En una de sus conversaciones surgió el tema del perro de Pergolesi. Brakhage preguntó qué importancia podría tener la mascota del compositor italiano. Cornell se exaltó. Alzó las manos con profunda consternación. ¡¿Qué?! ¡¿No sabes del perro de Pergolesi?! Él había supuesto, dijo con algo de frialdad y decepción, que estaba hablando con un hombre culto y sofisticado. Si el Sr. Brakhage no podía comprender una alusión como la del perro de Pergolesi, ¿sería tan amable de retirarse de inmediato y no volver?
Brakhage se fue. Así terminó la colaboración del cineasta más poético de la República y uno de sus artistas más imaginativos. La pérdida es enorme, y todo por el perro de Pergolesi.
Hice todo lo que pude para ayudar a Brakhage a encontrar a ese esquivo e importante perro. Él mismo había preguntado a todas las personas en el país que creyó que podrían saber algo. Yo también pregunté. Las personas a las que preguntamos, a su vez, preguntaron a otras. Las biografías y los libros de historia no sirvieron de nada. Nadie sabía nada sobre un perro que perteneciera o estuviera vinculado con Giovanni Battista Pergolesi. Durante diez años pregunté a personas potencialmente informadas, y cuando mis caminos se cruzaban con los de Brakhage, sacudía la cabeza, y él hacía lo mismo: aún sin novedades del p. de P.
Nunca se nos ocurrió que quizás Cornell fuera tan ignorante como nosotros acerca del perro de Pergolesi. En los Cuadernos de Samuel Butler II hay una entrada instructiva: “Zeffirino Carestia, escultor, me dijo que teníamos un gran escultor en Inglaterra llamado Simpson. Yo disentí y pregunté por su obra. Al parecer, había hecho un monumento a Nelson en la Abadía de Westminster. Por supuesto, vi que se refería a Stevens, quien hizo un monumento a Wellington en San Pablo. Lo interrogué y comprobé que tenía razón”.
Nunca estamos tan seguros de lo que sabemos como cuando estamos completamente equivocados. La seguridad con la que Chaucer incluyó a Alcibíades en una lista de mujeres hermosas, y con la que Keats se equivocó de descubridor del Pacífico en un soneto inmortal, debería ser suficiente lección para todos nosotros.
La ignorancia logra maravillas. La Enciclopedia Británica actual asegura que El castillo de Axel de Edmund Wilson es una novela (es un libro de ensayos), que Reloj sin manecillas fue escrito por Eudora Welty (es de Carson McCullers), y que la fotografía de Julio Verne que acompaña su entrada es la de un baloncito verdín (Auriparus flaviceps). The New York Review of Books alguna vez se refirió a Los Papeles Petrarca de Dickens y un corrector distraído del suplemento literario del Times dejó que Margery Allingham creara un detective llamado Albert Camus.
La vaguedad tiene su encanto popular. Una nota a pie de página en un cancionero Shaker describe a George Washington como “uno de nuestros primeros presidentes”.
Cuando Cornell tuvo el arrebato por el perro de Pergolesi, cruzó la línea de lo dudoso y se plantó en el error absoluto. Tarde o temprano tenía que cruzarme con la persona indicada, que, como resultó ser, conociera el fetiche que tenía Cornell con las trivialidades. Esa persona era John Bernard Myers, crítico y comerciante de arte. Lo que Cornell quiso decir, aseguró, era el perro de Borgese. Puse la misma cara de confusión que Brakhage en aquella anterior ocasión fatal. ¡¿Qué?! ¡¿No sabes del perro de Borgese?!
Elisabeth Mann Borgese, hija de Thomas, profesora de ciencia política en la Universidad de Dalhousie, distinguida ecologista y conservacionista, había entrenado en los años 40 a un perro para que escribiera respuestas a preguntas en una máquina especial a la medida de sus patas. El éxito de este experimento sigue siendo dudoso en el ámbito científico, pero el espectáculo del animal escribiendo en su teclado quedó grabado en la mente de Joseph Cornell como uno de los acontecimientos del siglo, y supuso que toda persona bien informada lo conocía. El hábito de la bestia erudita de escribir “PERRO MALO” cuando erraba una respuesta le había arrancado lágrimas a Cornell. Tenía un dossier con recortes sobre el tema, y a pesar de la transformación que este episodio sufrió en su imaginación poética, no tenía reparos en despreciar a los que ignoraban, con fastidiosa indiferencia, maravillas como esa.
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